El 15 de marzo nos recuerda que el odio al Islam no es solo un fanatismo pasajero, sino un martillo que destruye los valores de la cohesión social y socava los cimientos de los derechos humanos. Este día no es solo una ocasión para defender una religión concreta, sino una reflexión humanitaria global en defensa del derecho de toda persona a practicar sus ritos y creencias en seguridad y paz, lejos del fantasma del miedo o la discriminación.
Nuestro mundo se enfrenta hoy a una verdadera prueba; mientras se intensifican los discursos de odio y los estereotipos nocivos se alimentan de la ignorancia hacia el otro y el recelo, surge la necesidad urgente de alzar la voz de la razón y la diplomacia; pues la insistencia de algunos en vincular el terrorismo y el extremismo con el islam no es más que una distorsión de la realidad que alimenta la división «nosotros... contra ellos».
La lucha contra este odio requiere una acción colectiva basada en la promulgación de leyes firmes que tipifiquen como delito la incitación y garanticen la igualdad de oportunidades en el trabajo, la educación y la atención sanitaria. Además, estas leyes no pueden aplicarse al margen de un proceso intelectual que fomente el diálogo cultural y disipe los mitos y conceptos erróneos a través de la educación y los medios de comunicación.
Ante el preocupante aumento del discurso de odio en el espacio digital, los esfuerzos de lucha deben incluir la depuración del ciberespacio de discursos de incitación que convierten la diferencia en hostilidad y discriminación.
En este día, el #Observatorio_de_Al-Azhar Contra el Extremismo reitera que la diversidad cultural y religiosa es una fuente de riqueza para los Estados y no una amenaza para ellos, sino que cada paso que se da para rechazar la «islamofobia» es un nuevo ladrillo en la construcción de una paz mundial sostenible, la difusión de una cultura de tolerancia y la demostración de que los valores humanos comunes son mucho más fuertes que cualquier discurso que incite a la división.