En nuestro mundo contemporáneo, la inteligencia artificial se ha convertido en asunto central de conversación para muchos. Hay quienes la presentan como un instrumento capaz de mejorar nuestra vida cotidiana, facilitar innumerables tareas e incluso ejecutar, en un tiempo récord, aquello mismo que a la mente humana le resulta arduo llevar a cabo. ¿Has pensado alguna vez que unas herramientas concebidas, en principio, para facilitar la vida de las personas puedan terminar perjudicándolas y menoscabando su raciocinio y su forma de pensar?
La revista estadounidense Fortune advirtió, en uno de sus estudios recientes, sobre un nuevo fenómeno llamado brain rot («podredumbre cerebral»). Con esta expresión se alude a que la inteligencia artificial, cuando se alimenta de contenidos pobres o triviales, empieza a perder su capacidad de pensar en profundidad, del mismo modo que les ocurre a los seres humanos que consumen contenidos superficiales, como los vídeos breves difundidos en las plataformas de redes sociales.
En este sentido, el Oxford University Press definió este término como «el supuesto deterioro del estado mental o intelectual de una persona, especialmente como resultado del consumo excesivo de materiales superficiales o carentes de finalidad, como los contenidos triviales, profusamente difundidos en las plataformas de redes sociales, que no exigen ejercicio de la razón y del pensamiento o que carecen de todo factor de desafío». Este vocablo fue elegido, además, palabra del año por Oxford en 2024.
La expresión «podredumbre cerebral», dentro del discurso digital popular, remite al deterioro de las capacidades mentales o intelectuales de una persona a causa del consumo excesivo de contenidos triviales o poco estimulantes para el pensamiento, como los vídeos cortos que se propagan por las plataformas sociales y que el usuario contempla durante largo tiempo sin poner en juego ni la razón ni la actividad mental.
En su origen, este término se empleó con sentido metafórico. No se alude a una putrefacción biológica real, sino a un menoscabo moral y cognitivo que se asemeja, figuradamente, al deterioro del cerebro. Lo más llamativo es que las raíces de la expresión preceden con mucho a la era digital. Aparece ya en Walden, de Henry David Thoreau, en 1854. Allí criticaba Thoreau la inclinación social a desatender las ideas hondas y complejas en favor de las simples y superficiales, y preguntaba, con ironía: «Mientras Inglaterra procura remediar la plaga de la podredumbre de la patata, ¿no intenta nadie remediar la podredumbre cerebral, que se extiende de manera más amplia y más mortífera?». Ese uso temprano sentó las bases de la idea de que el empobrecimiento del nivel intelectual constituye un fenómeno inquietante, comparable a una dolencia.
En la época moderna, el término se difundió en la cultura de internet, sobre todo entre las generaciones más jóvenes —la generación Z y la generación Alfa—, para designar con él aquellos contenidos «estúpidos» o inútiles que, por su extrema banalidad, «estropean el cerebro». En plataformas como TikTok o X, la expresión se emplea ya con tono burlón, para aludir a una divertida adicción a contenidos absurdos, ya con tono de advertencia crítica, para censurar el tiempo invertido en hojear aquello que no nutre el entendimiento. Y, a medida que la voz se fue propagando, los lingüistas registraron un aumento enorme de su uso, cifrado en un 230 % entre 2023 y 2024. Así, el término pasó del ámbito de la jerga electrónica al interés institucional y mediático, como fenómeno que refleja una creciente inquietud por los efectos de la cultura digital en la mente contemporánea.
Inquietud creciente
Aumentan en todo el mundo los temores acerca de los posibles efectos de la inteligencia artificial, especialmente sobre niños y adolescentes, que pasan largas horas frente a las pantallas. Con el rápido avance de la tecnología, muchos se preguntan: «¿Están preparadas las mentes de nuestros hijos para manejar tal cantidad de información?».
Más peligroso aún es que el contenido trivial, o aquel de calidad limitada que no exige ejercicio racional ni activación del pensamiento, sea un contenido de difusión veloz. Ese contenido induce a la adicción a permanecer largas horas ante las pantallas, sin sensación de hastío ni de fatiga. Más sorprendente todavía es que no requiera apenas esfuerzo para ser elaborado: cualquier usuario de la tecnología puede añadir a las redes sociales numerosos vídeos inútiles generados mediante inteligencia artificial, en busca de dinero o tras la fama rápida. Todo ello termina por empujar a jóvenes, adolescentes y usuarios de menor edad a la adicción a ese contenido, y de ahí brotan los primeros síntomas del fenómeno de la «podredumbre cerebral».
La reacción de Meta para proteger a los menores
En respuesta a estas inquietudes, Meta, propietaria de aplicaciones tan conocidas como Facebook e Instagram, anunció un nuevo sistema de supervisión familiar. Lo hizo después de recibir duras críticas tras revelarse casos de conversaciones «coquetas» o «románticas» impropias entre usuarios adolescentes y aplicaciones conversacionales basadas en inteligencia artificial.
Este sistema permitirá a los padres controlar las interacciones de sus hijos con los robots de inteligencia artificial. Su puesta en funcionamiento comenzará en 2026 en Estados Unidos, Reino Unido, Canadá y Australia.
Las nuevas medidas darán a los padres la posibilidad de desactivar las conversaciones individuales entre adolescentes y robots de inteligencia artificial, bloquear robots concretos y consultar los temas generales de las conversaciones sin acceder a los textos completos. Con ello se busca un equilibrio entre seguridad y privacidad, al tiempo que se intenta reducir el número de horas que los usuarios pasan ante las pantallas inteligentes.
Reacciones ante las críticas
Este paso llegó después de las severas críticas dirigidas a Meta por casos de conversaciones impropias entre aplicaciones de inteligencia artificial y usuarios adolescentes. Tales casos suscitaron una gran conmoción, pues mostraron hasta qué punto la tecnología puede influir, de forma imprevista, en la mente de nuestros hijos, y hacer que traten a las aplicaciones inteligentes como si trataran con seres humanos reales, sin advertirlo siquiera.
Los efectos negativos del fenómeno de la «podredumbre cerebral»
El peligro de los contenidos digitales degradados no se limita a su aparente nimiedad. Se extiende también a efectos palpables sobre la psicología de los individuos y sobre sus conductas cognitivas. Uno de los más notorios es el que observan muchos educadores y psicólogos: la disminución del tiempo de atención y de la capacidad de concentración de quienes se vuelven adictos al contenido rápido. Algunos informes de investigación indican que el promedio del tiempo de atención de ciertas personas ha descendido hasta unos ocho segundos apenas, un lapso que apenas basta para leer una frase breve. Ello refuerza la impresión de que la adicción al desplazamiento rápido de contenidos —en particular, de vídeos cortos— acostumbra al cerebro a la gratificación instantánea y debilita la capacidad de mantener una concentración prolongada.
Varios docentes relataron, al regresar los alumnos a las aulas tras los periodos de educación a distancia durante la pandemia de coronavirus, que muchos estudiantes habían empezado a tener dificultades para concentrarse durante tiempos prolongados en las clases tradicionales. Algunos atribuyen ese fenómeno al hecho de que los alumnos pasaron horas en TikTok, habituados a recibir enormes cantidades de información en secuencias de apenas unos segundos. Ese cambio en la pauta de asimilación —desde el marco sereno del aula hasta un festival dispersivo de secuencias rápidas— condujo a algo parecido a una reconfiguración del cerebro, que pasó a reclamar una renovación constante y una excitación visual continua para sostener la atención.
En la mayor parte de los casos, el fenómeno de la «podredumbre cerebral» conduce a la aparición de síntomas negativos y efectos perniciosos sobre la mente humana, ya se trate de un usuario joven o adulto. Entre esos síntomas potenciales figuran los siguientes:
– Descenso del nivel de concentración: la absorción en contenidos superficiales puede debilitar la capacidad de concentrarse durante largos periodos en tareas que exigen reflexión profunda.
– Disminución del coeficiente intelectual: algunos estudios recientes han demostrado que los usuarios de redes sociales que pasan largos periodos contemplando contenidos banales padecen, con el tiempo, un descenso del coeficiente intelectual, pues consumen muchas horas sin activar la razón, sin poner a prueba la mente y sin hacer trabajar el cerebro.
– Caída de la productividad: el tiempo malgastado en un uso excesivo de las redes sociales puede afectar negativamente a la productividad personal y profesional.
– Sentimientos de ansiedad y depresión: la exposición continua a contenidos negativos o reiterativos puede acrecentar los sentimientos de ansiedad y depresión. A menudo, los usuarios comparan su vida con la de los demás en las plataformas o contemplan contenidos violentos e incluso escenas de injusticia irreales, preparadas de antemano mediante inteligencia artificial, lo que influye negativamente en ellos.
– Deterioro de las habilidades sociales: el uso excesivo de las redes sociales puede afectar a las interacciones sociales reales y conducir al deterioro de la capacidad de comunicarse eficazmente con los demás.
– Pérdida del pensamiento crítico: el consumo acrítico de contenidos puede llevar a la desaparición del juicio crítico y hacer a los individuos más vulnerables a la información engañosa y a los efectos nocivos.
– Aumento del sentimiento de aislamiento: pese a la apariencia de comunicación, las redes sociales pueden desembocar en un sentimiento real de aislamiento entre las personas, ya que la interacción virtual puede resultar, para algunos, más gratificante que la interacción cara a cara.
Tratamiento y vías de prevención
El tratamiento de este fenómeno no pasa por rechazar la tecnología ni por demonizar internet en bloque, pues las plataformas digitales se han convertido ya en parte del tejido mismo de nuestra vida contemporánea. Pasa, más bien, por racionalizar su uso y por rehacer la relación con el contenido digital en los planos individual y colectivo.
En el plano individual, conviene reforzar la conciencia del usuario, sea joven o adulto, acerca del modo en que operan los algoritmos y de la manera de administrar su atención. Esto incluye la adopción de hábitos digitales saludables, como fijar momentos determinados para consultar las redes sociales en lugar de abandonarse a ellas sin tregua; practicar un ayuno digital o periodos periódicos de desconexión para restaurar la mente lejos del ruido electrónico; y procurar diversificar los contenidos consumidos, de forma que incluyan materiales formativos y de desarrollo personal, junto con un entretenimiento ligero. Forjar una cierta autodisciplina digital se ha convertido ya en una necesidad para proteger la mente, del mismo modo que la disciplina alimentaria resulta necesaria para resguardar el cuerpo de la obesidad, pese a la abundancia de la comida rápida.
En el plano social e institucional, se hace necesaria una aproximación integral que reúna la educación mediática y las políticas reguladoras de la industria tecnológica.
En el terreno educativo, deben incorporarse a los programas de enseñanza conceptos de pensamiento crítico digital y de salud mental electrónica. Esto significa enseñar a las nuevas generaciones, desde temprana edad, a distinguir entre el contenido útil y el dañino, a comprender los sesgos de las plataformas y las estrategias de adicción digital, y a emplear internet como instrumento de conocimiento. Del mismo modo, las instituciones culturales y mediáticas pueden producir contenidos atractivos y competitivos, que aúnen entretenimiento y provecho, para ofrecer una alternativa noble frente a la corriente dominante de la banalidad.
En definitiva, hoy los niños y los adolescentes viven en un mundo digital abierto, donde la tecnología forma parte inseparable de sus vidas. Aquí entra en juego el papel de la familia y de la sociedad, con todas sus instituciones educativas y formativas. Unas y otras deben adoptar una supervisión inteligente y consciente, no una mera prohibición del uso, pues la prohibición no suele traer sino un efecto inverso: todo lo vedado se torna deseable. En cambio, la moderación en el consumo preservará las mentes de nuestros hijos del deterioro y del confinamiento tras las pantallas digitales. De ahí que padres y responsables deban compartir con ellos su mundo digital y ayudarlos a comprender el uso correcto de la tecnología.
Es asimismo necesario hacer comprender a los niños que no todo cuanto se encuentra en internet puede considerarse verdadero. La inteligencia artificial, pese a su nombre, no piensa por sí misma; se apoya, antes bien, en el contenido que recibe. Si lo que difundimos es trivialidad, la inteligencia artificial acabará asemejándose a esa misma trivialidad.
Conclusión
El fenómeno de la «podredumbre cerebral» ha puesto de manifiesto, a través de sus efectos negativos, una paradoja propia de nuestro tiempo. Mientras disfrutamos de un acceso sin precedentes a la información y al conocimiento a través de internet, parece que afrontamos, al mismo tiempo, una erosión de nuestra capacidad para aprovechar ese acceso de manera profunda. Las soluciones no son simples ni rápidas. Comienzan, sin embargo, por reconocer el problema y darle nombre. Eso es justamente lo que ha expresado, de forma espontánea, la nueva generación al acuñar la expresión «podredumbre cerebral».
A partir de ese reconocimiento, podemos avanzar hacia la experimentación. Cada individuo y cada institución pueden ensayar estrategias para regular el ritmo de la vida digital y hacerla más equilibrada. Tal vez así logremos recuperar una parte de la mesura perdida y usar la tecnología para nuestro servicio, sin permitir que corrompa la mente de nuestros hijos ni su cultura. Y, como ocurre en toda contienda histórica entre el hombre y el instrumento, la verdadera apuesta depende de la conciencia humana y de su voluntad para modelar su futuro cognitivo. Si logramos poner los recursos de la era digital al servicio de nuestros fines, preservando al mismo tiempo nuestro núcleo intelectual, podremos transformar esta posible podredumbre en una nueva floración del pensamiento, aprovechando lo mejor que ofrece la técnica sin perder lo mejor que hay en el ser humano.
En último término, el verdadero peligro no reside en la tecnología misma, sino en el uso erróneo y en la renuncia a ejercer la propia conciencia. La inteligencia artificial puede ser una herramienta maravillosa en la educación, la medicina, la investigación y la creación; pero su empleo sin conciencia puede conducir a efectos nocivos.
Por ello, los padres y los jóvenes, deben pensar seriamente antes de depender de la inteligencia artificial en la vida cotidiana. Hagamos que la tecnología nos sirva, y no al contrario. Y recordemos siempre que la mente que no piensa se corrompe, ya sea de hombre o de máquina.