La islamofobia ya no puede medirse por incidentes aislados ni por comentarios ofensivos vertidos en las plataformas de redes sociales. Hoy debe leerse a través de indicadores acumulados, que revelan los desafíos cada vez más graves de la convivencia social.
En este contexto, el fenómeno ha atraído la atención durante las últimas semanas, tras una serie de noticias e informes que han dado cuenta del aumento de agresiones y discursos hostiles contra los musulmanes. Tales indicios plantean preguntas serias sobre el efecto del discurso de odio en la paz social. También obligan a examinar cómo esta realidad puede convertirse en un terreno aprovechable por corrientes extremistas de diversa orientación.
En este marco, las estadísticas del Ministerio del Interior británico han mostrado un aumento de los delitos de odio motivados por razones religiosas y raciales en los últimos años. Asimismo, instituciones dedicadas al seguimiento de la islamofobia han documentado una serie de ataques contra lugares de culto islámico. A ello se suma el incremento de denuncias por discriminación contra musulmanes, en especial contra mujeres que llevan velo, en espacios públicos, medios de transporte y lugares de trabajo.
Los testimonios de numerosos ciudadanos musulmanes reflejan una inquietud creciente ante la repercusión de este clima en su vida diaria. En algunos casos, esa repercusión limita incluso su participación en determinadas actividades comunitarias.
Estas preocupaciones se han visto reforzadas por las declaraciones de Amnistía Internacional, que calificó los ataques contra musulmanes en el Reino Unido de una situación que ha alcanzado «niveles de emergencia». La organización señaló la repetición de agresiones contra mezquitas, viviendas y vehículos pertenecientes a musulmanes en varias ciudades británicas. Por ello, llamó a intensificar las investigaciones sobre los delitos de odio y a elaborar una estrategia integral frente a la hostilidad creciente contra los musulmanes. Reclamó, además, la participación de las comunidades locales en la formulación de las soluciones.
Con todo, la importancia de estos indicadores no reside solo en el número de incidentes, sino en el contexto en que se producen. Los expertos en la lucha contra el extremismo consideran que el aumento de la islamofobia rebasa el marco de la protección de los derechos religiosos o de la lucha contra la discriminación. Ven en él un desafío directo para la seguridad social.
Cuanto mayor es el espacio concedido a los discursos excluyentes, y cuanto más se debilita la confianza entre los distintos componentes de la sociedad, más se ensanchan las posibilidades de los grupos extremistas. Estos explotan los sentimientos de miedo, injusticia y división, y los transforman en instrumentos de reclutamiento y movilización.
Por ello, el tratamiento de la islamofobia ya no puede limitarse a perseguir los delitos de odio después de cometidos. Ha de formar parte de una estrategia más amplia, orientada a proteger la cohesión social y a secar los ambientes en que el extremismo —cualquiera que sea su origen— puede crecer y propagarse.
El problema de fondo
Existe otra dificultad nacida del aumento de los incidentes islamófobos. La gravedad de este fenómeno no procede únicamente del daño causado a sus víctimas directas. Procede también de su capacidad para remodelar el ambiente psicológico y social en que germina el extremismo.
Las experiencias internacionales muestran que el discurso de odio, cuando rebasa los límites de la expresión individual y entra en el discurso público o digital, debilita la confianza entre los componentes de la sociedad. También refuerza, entre los grupos afectados, la sensación de estar bajo amenaza. De este modo crea un clima de intensa polarización.
En ambientes así, las sociedades se vuelven más expuestas a la división. También se hacen más receptivas a los discursos edificados sobre la oposición entre «nosotros» y «ellos». Esta dualidad constituye el denominador común de las distintas ideologías extremistas.
Desde esta perspectiva, no puede separarse el crecimiento de la islamofobia del auge de ciertos grupos de extrema derecha. Estos grupos tratan de explotar los temores vinculados a la inmigración, la identidad nacional y la seguridad. Después los convierten en un discurso basado en la generalización y en la atribución de culpa a comunidades religiosas o étnicas enteras.
Con frecuencia, estos grupos magnifican delitos individuales y los vinculan a la identidad religiosa o étnica de sus autores. Así consolidan una imagen estereotipada que reduce a millones de musulmanes a los actos de una minoría que no los representa.
Este proceder no solo aumenta la crispación social. También otorga a los grupos radicales un espacio más amplio para difundir su discurso de miedo y división. Con ello quedan amenazados los valores de ciudadanía y pluralidad sobre los que descansa la sociedad democrática.
Pero la imagen no se completa sin mirar el otro rostro de la ecuación. Las organizaciones extremistas de referencia religiosa han utilizado, desde hace tiempo, las manifestaciones de discriminación y los discursos de odio como materia de propaganda. Con ellos procuran probar su relato: que los musulmanes son atacados por causa de su religión y que la integración en las sociedades occidentales es imposible.
Cada ataque contra una mezquita, cada discurso que llama a excluir a los musulmanes y cada campaña digital que cuestiona su presencia ofrecen a esas organizaciones una nueva ocasión para rehacer el relato del agravio. A partir de ahí, buscan atraer a quienes se sienten dominados por la ira o la frustración, y procuran persuadirlos de que la confrontación es el único camino para defender la identidad y la religión.
Aquí se revela uno de los rasgos más peligrosos del extremismo contemporáneo. Las corrientes radicales no actúan aisladas unas de otras. Se alimentan mutuamente en una suerte de «círculos de extremismo recíproco».
Cada agresión cometida por un extremista de derecha contra musulmanes se convierte en material propagandístico para las organizaciones radicales. A su vez, cada atentado terrorista perpetrado en nombre del Islam concede a la extrema derecha un nuevo pretexto para ensanchar el círculo de la sospecha y del odio.
Así, cada parte invoca a la otra como prueba de la veracidad de su propio relato. Entretanto, la sociedad entera paga el precio de esa polarización.
Los medios modernos y las plataformas de redes sociales han hecho aún más complejo este fenómeno. Los algoritmos digitales tienden a destacar el contenido que provoca mayor excitación emocional. Por ello, los discursos de choque encuentran más oportunidades de difusión que los discursos serenos y equilibrados.
Además, la velocidad con que circulan imágenes y vídeos, a veces desgajados de su contexto, permite transformar un incidente local en una cuestión mundial en pocas horas. Esto multiplica su efecto psicológico y alimenta los sentimientos de ira y miedo en ambos lados de la ecuación.
En esta atmósfera digital, la lucha contra el extremismo ya no puede limitarse a refutar ideas radicales. Exige también contener la propagación de los discursos que incitan al odio y fortalecer un lenguaje responsable. Ese lenguaje debe conciliar la libertad de expresión con la preservación de la paz social, para que los espacios digitales no se conviertan en campos abiertos donde el extremismo se reproduzca bajo formas nuevas.
La construcción de la inmunidad social frente al odio
Aquí se advierte la importancia de las iniciativas sociales y culturales que buscan reforzar la diversidad religiosa y cultural. Estas iniciativas no se limitan a condenar el extremismo. Ofrecen también una alternativa práctica, fundada en la confianza mutua, en la apertura de espacios de diálogo y en la consolidación de la ciudadanía compartida. Todos estos elementos son esenciales para construir sociedades más capaces de resistir la polarización.
Desde la perspectiva de la lucha contra el extremismo, estos esfuerzos adquieren una importancia doble. Combatir la islamofobia no es defender solamente a los musulmanes. Es defender a la sociedad en su conjunto.
Cuanto más logren las instituciones afianzar el Estado de derecho, proteger los lugares de culto, exigir responsabilidades a quienes cometen delitos de odio y reforzar la confianza entre ciudadanos e instituciones, menor será la capacidad de los grupos extremistas para explotar el miedo o la marginación en sus campañas de reclutamiento e incitación.
De ahí que la inversión en cohesión social tenga una importancia equiparable al fortalecimiento de las medidas de seguridad, pues constituye una de las principales líneas de defensa preventiva frente al extremismo.
Esta visión concuerda con los principios que el Islam estableció para ordenar la diferencia y tratar con el otro. El Sagrado Corán fija una regla humana general cuando dice: «¡Oh, seres humanos! Los he creado a partir de un hombre y de una mujer, y los congregué en pueblos y tribus para que se reconozcan los unos a los otros. El mejor de ustedes ante Al-lah es el de más piedad. Al-lah todo lo sabe y está bien informado de lo que hacen» (Sura 49: 13).
Esta regla confirma que la diversidad de razas, culturas e identidades no es causa de discordia ni de discriminación. Es, por el contrario, camino hacia el conocimiento mutuo, la cooperación y la complementariedad entre los seres humanos. Desde este fundamento, el Islam rechaza toda forma de odio basada en la religión o en la raza. Llama, además, a respetar la dignidad humana y a tender puentes de confianza y diálogo entre los distintos componentes de la sociedad.
Las experiencias contemporáneas muestran que el odio no es un fenómeno aislado. Es una cadena de reacciones entrelazadas, en la que unas alimentan a otras. Cuando se ensancha el espacio de los discursos fundados en el miedo y la exclusión, retrocede la confianza y se debilitan los vínculos sociales. A la sazón, los extremistas, sea cual sea su referencia ideológica, encuentran nuevas oportunidades para ampliar su influencia.
Cuando las instituciones gubernamentales, la sociedad civil, las voces religiosas e intelectuales y los medios de comunicación concurren en la defensa de la justicia, la pluralidad y el respeto mutuo, la sociedad no solo gana fuerza frente a los delitos de odio, sino que priva al extremismo de una de sus fuentes más fecundas.
Por consiguiente, la lucha contra la islamofobia debe entenderse como parte de una estrategia más amplia en aras de proteger la paz social, reforzar la ciudadanía y preservar el derecho de todos a vivir con seguridad y dignidad. En esa finalidad se encuentran los principios de los derechos humanos y los fines morales de las religiones, con el Islam a la cabeza.